Marta Cwielong

(In memoriam)

La casa de la infancia tenía higuera, gallinas, tomates

y radicha amarga,

Creo que la nonna la cocinaba para las próximas penurias

ella sabía que la guerra no tiene final

viene vestida de maneras diversas

a veces largos cielos de florido plumaje nos distrae

luego la bestia sepultada

emerge hambrienta

oscura, cruel

roba el porvenir

trae puñales, mordeduras y miseria

muchos nos abrazamos, salimos de madrugada a trabajar

hacemos nidos,

pequeñas casitas de hornero para cobijar

prendemos el fuego para la vigilia

dejamos puertas entreabiertas

pero no hemos ganado la partida

no hay indulgencia

el negocio de las armas no reconoce a los niños,

la hambruna, el abrazo de la madre

el negocio de las armas no nació de mujer

no fue parturiento

desgarradas entrepiernas colgadas

fue de piernas sin vagina sin pechos henchidos

para alejar las muertes/enfermedades y tienen poder sobre el rostro del tiempo

entonces que hacer con lo violento

con esa incompresible necesidad de matar

de esos hijos de mujer paridos

qué hacer con ellos

Demasiado miserable el día

los sucesos

sería dable un limonero en alguna tierra

sentarse cerca

que su aroma apacigue este instante

de la crueldad del humano desbordada

necesitaría un dios que calmara esta angustia

una maga

una pócima

miles de brujas quemadas en la hoguera

preparando un brebaje mágico

que devolviera la piedad

a tantos traidores de la vida

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