Carolina Bartalini

(Buenos Aires, 1984. Reside en Avellaneda). Escritora, docente e investigadora. Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires y la maestría en Estudios Literarios Latinoamericanos en la Universidad Nacional de Tres de Febrero, donde actualmente realiza su doctorado en Teoría Comparada de las Artes. Es docente en la Universidad Nacional Arturo Jauretche y en la Maestría en Estudios y Políticas de Género de la UNTREF. Libros publicados La niña (La carretilla roja, 2016) y Enfrentar al muerto (Zindo y Gafuri, 2018). Participó del volumen Martes Verde (Poetas por el derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito).

  1. Cuerpo

Cosas que voy aprendiendo con los años:

La humedad existe y se va a quedar.

La mayoría de la gente es facha y no lo sabe.

El café se toma solo.

Los hombres nunca van a entender.

Los colores no tienen género.

La lluvia siempre es mejor con furia.

El sol es el mejor desinfectante.

En todas las casas viven miles de arañas sin problemas.

En los aviones se puede repetir.

La familia y la identidad son siempre una prisión.

A nadie le importa si duermo o no duermo; si leo o no leo, antes de una clase.

Al colchón hay que darlo vuelta.

Las casas no se terminan.

Las semillas se remojan.

Mi primera toallita femenina sigue siendo basura.

El primer beso sí importa.

Los dientes pueden doler.

El cáncer es real y quizás me esté matando ahora.

La felicidad es efímera, pero vale la pena.

El cuerpo sabe.

No olvidarme que siempre voy a estar en una zona de incomodidad.

Pájaros

Hay algo en los pájaros que me recuerda el vacío,

una resaca, un domingo al mediodía,

lo plateado del mar cuando cae el sol

y el útero del que todos venimos.

La tierra mansa ondeada y el ventarrón y el huracán.

La calma falsa, el despertar.

Hoy pude escribir media hora y me entusiasmo

pero mi niño ya quiere comer y el padre se va.

Es probable que ya no pueda seguir, es posible que nunca más.

O que escuchemos a los pájaros

una y otra vez.

Como si el mundo se hubiera detenido.

Y los pájaros fueran y volvieran, de Norte a Sur y de Este a Oeste,

y aparecieran nuevas especies a anidar con nosotros en el patio.

Un viento de vos

Deberías saber

que pude haber dicho

que nunca escribiría de vos,

que siempre evité los poemas maternos,

que odio a quienes, de repente,

escriben y hablan y huelen como madres,

a quienes, de repente, dicen cosas dulces sobre sus bebés

y sobre todo a quienes dicen “mi hijo” y resaltan la “i”

Deberías saber

que no voy a recordar

tu peso, tu talla, el color de la mañana cuando te parí.

Que no voy a llegar a horario nunca a nada.

que muchas veces preferiría dormir.

Deberías saber

qué todo esto que casi digo en voz alta

no es cierto

O sí.

Que poco importa ahora

en los tiempos más felices,

en las tardes de lluvia y de sueño,

en las siestas en las que casi duermo,

o no puedo

porque hay un verso que no llego a escupir.

Un verso que habla de vos y describe

la fuerza y la furia y el viento que inunda tu calor en mi pecho y todo tu olor

y todo tu vos que existís ahora conmigo en este plano del mundo.

Todo esto que no puedo siquiera decir.

Todo este viento de vos.

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