Roberto Juarroz baja en Temperley

Alejandro Seta

Roberto Juarroz baja en Temperley y escucha el sonido del tren que se va. Todavía era diésel. Por lo tanto, era otro sonido y festeja, sin saberlo, que ese ritmo y ese olor al motor se parezca tanto a la poesía. Y comienza a gestar palabras que ya existen, y va con las imágenes de la biblioteca, en los intentos de algunos poemas de Poesía Vertical

13. Es el año 1985, no sospechará que treinta y cinco años después uno de los chicos que están en la plaza colgando poesía de una soga con broches escribirá en el año 2020 uno de los opúsculos a un libro sobre poesía del conurbano sur y que lo tomará a él como personaje. No sospechará, tampoco, que pocos años después la poesía se colgaría en una pantalla y que no sería leída con la dedicación con la que él ahora está leyendo un poema colgado de una soga con broches de la ropa en la plaza de Temperley, ciudad en la que vive. Esa poesía apenas aparecería desapercibida para muchos y, para los que la leerán, será como tragar una perla creyendo que es un caramelo.

Los chicos no son chicos, pero parecen, en la plaza hay un cartel de tela que vuela en un viernes frío de julio, pero se ve el sol, y una luz amarilla que no calienta, y se entusiasman con que alguien se haya detenido a leer meticulosamente, que se detiene en cada palabra, sobre todo si ese ser que está allí parece más un empleado bancario que un poeta. Los empleados bancarios no leen poesía, creen. El cartel dice Arte en la calle1. El hombre de piloto gris y portafolios y sombrero, porta, también, una larga nariz, y cierra los ojos para poder sentir los olores de ese poema que leyó recién y que había escrito, seguramen- te, uno de los allí presentes. Quiere escuchar los sonidos de ese poema como recién había escuchado el sonido del motor de la locomotora diésel, olor a rieles, el olor al gasoil quemado, y se comienza a ir: es muy tímido, no les dice lo que viene pensando y que luego será publicado en forma individual.

el libro que escribió junto a las preguntas de su amigo, el poeta y científico, Guillermo Boido (2016):

(…) me gustaría preguntarme si la poesía habita al poeta o el poeta ha- bíta a la poesía. De cualquier modo, sea como fuere, esa forma de ha- bitación es incondicional. (…) Esto no significa que necesariamente la poesía deba teñir cada gesto, cada acto. El poeta es un hombre débil como todos. Por eso es más extraordinario que, en esa debilidad, pueda emerger ese brote que parece mucho más fuerte que el terreno en el cual nace. Que a pesar de la debilidad y contra todas las resistencias, sea posible generar algunas formas que den testimonio del hombre. Esta me parece una de las perspectivas más enriquecedoras de la poesía (…) sospechar que la humanidad es inseparable de su poesía, aunque a veces no se dé cuenta de ello.


(Boido, 2016:64 y 65)

Al terminar de pensarlo, lo disfruta como un descubrimiento y se aleja con una sonrisa encubierta por la seriedad de su cara, mira a los jóvenes que lo miran, piensa que cuántas vueltas darán hasta llegar al suyo propio. El que

escribe estas líneas, no sospechará, tampoco, que cada vez que encuentre el nombre de ese hombre, debajo de unos versos, sin saber que se tratará de ese hombre, volverá a descubrir con él y volverá a sentir con él la felicidad de un hallazgo. No lo sabrá nunca, pero ambas experiencias estarán asociadas para siempre.

Llega la noche.

Se saludan hasta la próxima semana, aunque el sábado se reunirán en el bar La Perla de la esquina de la estación de Lanús (Etchegoyen et. al., 1985). Ellos rondan las estaciones, porque el sur, como la de todos los sentidos de la brújula, están regidos por el mástil del tren, ellos rondan los trenes y sus escritos tendrán que ver con eso siempre. En esa semana, también, Alejandro irá a hablar con Juan Carlos y Nuria, en Avellaneda, donde se ponen a pensar en el próximo número de la revista2. Allí escribirán sus amigos, quienes luego conseguirán que un librero del centro de Buenos Aires les pague la edición de otra revista: Frente de Tormenta. El sur se disgrega, como las vías de los trenes, Temperley es un lugar de disección, de allí sale un tren al oeste, otro al sur, otro hacia el sudeste. Se disgregan, se diseccionan, se separan semana a semana y van creando vínculos que durarán por toda la vida.

Se volverán a encontrar en una escuela de arte de cierto municipio donde propone fundar un taller literario3 que llevará el nombre de otro escritor que había caminado otras calles cercanas y que intenta hacer de la escritura un laboratorio, inspirado en un librito gigantesco que cayó en sus manos4 por el cual la palabra obra pasó a ser texto (Rey, 2012). Y seguirán escribiendo, indefectiblemente. Seguirán intentando esa desgracia de escribir, esa maravillosa des- gracia de haber nacido con ese deseo. No entenderán a los que con falsa modestia dicen: “No soy un escritor, porque…miren a tal”, no creerán en los que van a la batalla sin es- pada; están allí, fueron a las plazas, repartieron volantes, pegaron carteles poéticos (ver Chauvié O. en bibliografía,al final de este texto), no se dieron cuenta. Lo hacían no- más: inventaron ferias de libros, lecturas en escuelas, y has- ta hubo un intento de tomar el poder de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores). No lo lograron. No lograron nada. La poesía es un arduo esfuerzo para producir algo que no sirve para nada (…“la humanidad es inseparable de su poesía, aunque a veces no se dé cuenta de ello…”). Juarroz y ellos pensaron lo mismo. Entonces no lo sabían.

Pasó el tiempo, en otro lugar de Temperley, un grupo de teatro funda su grupo tomando unos versos de Espronceda5, y en la revista Frente de Tormenta dirán por qué la poesía los sigue guiando. Algunos de ellos habían formado un grupo de estudiantes que, durante la dictadura, actividad que estaba absolutamente prohibida, se reunían en el altillo del CONABA (Bonfiglio, 2020) para pensar ha- ciendo teatro y no lo sabían. Ni sabían que estaban refun- dando a los griegos. Un jovencito va al galpón de los teatre- ros con el verso de Espronceday decide hacer un viaje de ida y vuelta a México a pie, a micro, a trenes, y sin un peso, que le llevará doce años. Años después fundará un movi- miento de artistas que llevará como nombre el gentilicio de la ciudad en la que nació y vive6. Si todavía no se conocían, se conocerán. Si todavía no se habían asociado, lo intentarán. Se olvidan, se recuerdan. Se odian, se aman. Además de escribir como copistas medievales, serán actores, artistas plásticos, titiriteros, dramaturgos, docentes, editores de periódicos, trabajarán de cualquier cosa para comer cada día, harán familias, se disolverán, volverán a intentarlo, pero

siempre escribirán en papelitos ocultos versos y versos que se quemarán en incendios insospechados, se romperán, los comerá la polilla, y algunos serán atesorados inimaginada- mente. Como a pétalos que se caen de una flor de la que depende el futuro de la humanidad.

Algunos de sus hijos también escribirán poesía. Están condenados. Algunos de esos chicos un día creerán que los que los precedieron no eran más que empleados bancarios. No colgarán poemas en una plaza con broches de la ropa, la colgarán de una página de la web.

Un día, a uno de aquellos chicos de las plazas, treinta años después, lo llamará otro, serio, callado, preocupado, punk7 que era parte del taller literario/escritura, y le pro- pondrá escribir, componer, un libro sobre la poesía del conurbano sur, que solo resultará en el intento de una histo- ria, que seguramente se cruzará con otras, porque los que llevan en un portafolio de bancario solo hojas con poemas pertenecen a una comunidad secreta cuya misteriosa historia fue escrita antes por un dramaturgo que no encuentra las palabras.

El poeta Roberto Juarroz llega a su casa. No sabe que le quedan diez años de vida. Escribe uno de los poemas de Poesía Vertical 13, ese que dice:

Hay palabras que no decimos

y que ponemos sin decirlas en las cosas.

Y las cosas las guardan,

y un día nos contestan con ellas y nos salvan el mundo, como un amor secreto

en cuyos dos extremos hay una sola entrada.

  1. Arte en la calle comienza a partir de una reunión de amigos a fi- nes de 1982 que piensan que “las manifestaciones artísticas de nues- tro pueblo se expresan en las calles, a la vista y oído de todos los que creamos la cultura cada día. Que la actividad artística como función expresiva y medio de comunicación sea uno de los hechos más pla- centeros del ser humano.” Mirta Troche, Osvaldo Franco, Ricardo Acebal y Juan Etchegoyen deciden entonces poner en marcha su primera muestra en la “calle”, se realiza en enero de 1983 sobre la ca- lle Burgwardt en Longchamps frente a la estación de ferrocarril, fue entre las 16 y las 23 horas aproximadamente, con el auspicio y apo- yo del centro cultural Longchamps y el centro comercial. Pintura, escultura, poesía, fotografía, música y lectura de cuentos para niños, esas serán a partir de ahí las temáticas de las muestras. Luego se in- corporan obras teatrales de elencos de la zona y músicos-cantauto- res. Con más de tres años e innumerables muestras y de recorrer las plazas del conurbano y ser reconocido como de interés provincial, los integrantes siguieron su camino en forma individual.
  2. Ver “Algunos apuntes sobre el conurbano poético” de M. A. Biaggini en este mismo libro, página 33.
  3. Taller Literario Municipal de Lomas de Zamora JulioCortázar. 1985-1990. Allí se reunían Gabriela Bruch (quien luego fundaría edi- ciones LaIguana), Dante Schettini, Martín Ayos, Concepción Flores, Daniel Cruz, Alejandro Leis, Ilda Paván, Roberto Ibáñez, Monique Heuvinck, Elvio Isabello, entre otros.
  4. Grafeinfue un taller de escritura coordinado por Mario Tobelem que nació como iniciativa de los alumnos de la cátedra de Noé Jitrik. La necesidad de ese momento pasaba por desmontar los mecanismos de construcción de los textos y provocar la escritura por medio de consignas disparadoras. Así nace Grafein. Teoría y práctica deuntallerdeescritura, un libro pionero de consulta obligada para do- centes que se animaban a probar fórmulas lúdicas.
  5. Diablomundo. Elenco teatral compuesto por Miriam González, Perla Logarzo, Carlos Uriona, Roberto Uriona y Marcelo Frasca. En una nota publicada en la revista Frente de Tormenta, realizada por este autor y Cristina Ledesma, ellos enuncian sus principios fun- dacionales basados en la poesía: “El teatro es un ritual y la forma en que Lautremont o Rimbaud se relacionan con la leyenda son también rituales, entra por determinados lugares a determinados otros lugares. Lugares de conocimiento. Cada uno elabora desde su perspectiva, y abre y encuentra. Porque ellos también buscan una llave, una clave: “¿será las hojas de la belladonna?”, y entran y descubren. Lo que intentamos es que la poesía, como elemento de teatro, exista. Uno naturalmente está todo el tiempo hablando con palabras que le presta otro, como cuando el Diablo usa a Rimbaud para decir cosas como: “Esto empezó con alguna repugnancia y esto terminó no pudiendo apoderarnos de inmediato de esta eternidad. Esto terminó, corta velada, es cierto”. Rimbaud está todo el tiempo hablando de esa clave, la del amor, la llave para abrir el lugar del co- nocimiento. Nosotros nos llamamos Diablomundo por un texto de Espronceda: “El Diablo Mundo”: nos interesaba el planteo porque lo bueno termina dándose vuelta como en el caso de la Iglesia, el Poder, el Gobierno. Y eso empieza a levantar la imagen del Diablo como la parte que nunca te mostraron. Coincide con lo teatral en que el actor es un personaje bastante infernal. No te olvides que antes a los actores no los enterraban”.
  6. El Banfileño. Grupo de artistas nacido en el 2000, que realiza- ban actividades en la calle: murales, plantación de limones, el busto de Cortázar en la plaza de Banfield y publicaban el periódico de pa- pel “dependiente de la cultura banfileña”, del mismo nombre, don- de rescataban a artistas del lugar. Publicaban, también, en el ban- fileñoclandestino.blog, hasta el año 2019. En el 2020 continúan en Clandestino, página de Facebook.
  7. Ver texto Hacia un nomadismo poéticode Martín Ayos en este mismo libro página 11
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