Mariano Rolando Andrade.

Mariano Rolando Andrade (Buenos Aires, 1973). Reside en Montevideo, vivió en Temperley entre 1979 y 1997. Publicó Los viajes de Rimbaud (Editorial Vinciguerra, Buenos Aires, 1996), Canciones de los Mares del Sur (Buenos Aires Poetry, Buenos Aires, 2018), Aristas, relatos en los confines de Europa (Ediciones La Parte Maldita, Buenos Aires, 2021) y Baladas de los Mares del Norte (Editorial Leviatán, Buenos Aires, 2023).

Compiló y editó Luisa Futoransky: Los años argentinos (Editorial Leviatán, 2019) y Luisa Futoransky: Los años peregrinos (Editorial Leviatán, 2022), primeros dos volúmenes de la poesía reunida de la poeta argentina.

Como traductor publicó Poesía Beat (Buenos Aires Poetry, 2017), antología de 40 autores de la Generación Beat, y Testamento (siguiendo a François Villon) (Editorial Leviatán, 2022) y Al norte del futuro (Escarabajo Editorial, Bogotá, 2023) del poeta francés Christophe Manon. 


JANIS

Yo conocí a Janis, sí.

Fue en Nueva York, o antes, bastante antes, en París quizás.

No lo sé con certeza; hay cosas que uno no quiere recordar.

Y además, las ciudades se parecen tanto.

Sí estoy seguro de dos cosas: no fue en el Chelsea y no se llamaba Janis.

Estaba sentada en la barra de un bar del Village,

sola de madrugada pidiendo jacks con coca.

Afuera, por la Sexta Avenida, 

desfilaban jaurías de taxis vacíos.

No hablaba mucho, Janis.

No le hacía falta.

Tenía penas oscuras que no eran negras

pero brillaban como si lo fuesen. 

Eso 

y una inquietante sonrisa de media luna.

Yo conocí a Janis, sí.

Fue en Nueva York, o después, un poco después, en Buenos Aires.

Quién sabe; hay cosas que uno no quiere recordar.

Y además, qué importan los lugares.

Caminaba de madrugada por el empedrado de San Telmo

Y de repente se detuvo en una esquina y se quedó ahí.

Buscaba o esperaba algo, vaya uno a saber qué.

Tan intensa y quieta que daba pavor.

Ella, que en un segundo estallaba como una supernova.

No hablaba mucho, Janis.

O hablaba en una lengua indescifrable.

Un idioma de uñas pintadas de negro recorriendo el vidrio.

Una lengua de pies jugando con las patas de la banqueta.

Nunca sabías qué estaba pensando.

«Cosas mías», decía, y callaba.

Yo conocí a Janis, sí.

Fue en Nueva York, o en París, o en Buenos Aires.

Pudo haber sido en otra ciudad; hay cosas que uno no quiere recordar.

Además, los lugares se confunden en la memoria.

Manejaba como una condenada por una avenida

que se metía sin esperanza en el sur de una ciudad.

Ahí donde la civilización cede al arrabal y se gesta el suburbio.

Parecía una rockstar cansada de ser leyenda, Janis.

La sonrisa de media luna, las uñas negras firmes en el volante.

Había tomado cinco, seis, siete jacks con coca.

No sé cómo hacía, tan menuda y tan exquisita.

Escuchaba música y miraba de reojo el sol

asomando entre los escombros y los edificios desparejos.

El pelo se le acomodaba sin artificios sobre los hombros.

Los músculos se contraían en las piernas desnudas.

El sur no tiene límites; me hubiese ido lejos con Janis.

Pasamos estaciones de tren vacías y fábricas cerradas,

puentes mutilados, largos paredones con grafitis.

Recorrimos kilómetros ficticios planeando huidas.

El viento de la mañana nos resbalaba por la frente.

Y en un semáforo en rojo, después de mirarme y cerrar los ojos,

ella, la que nunca hablaba o hablaba en otros idiomas,

se puso a recordar en el alba inmaculada del suburbio.

Habló de su primer trabajo, atendiendo en un locutorio de Constitución.

Tenía 19 años, dijo, y acababa de terminar la secundaria.

El negocio era del padre de una amiga, el barrio era filoso

y ella una chica bien de Adrogué, una chica rebelde de Adrogué.

Los chicos nos querían, comentó, y pisó el acelerador.

Al final de cada día, un rato antes de irnos,

poníamos la música alta mientras limpiábamos el lugar.

Los Stones, Janis, los Doors… Otras cosas también.

Mientras la escuchaba, traté de imaginarla a esa edad,

metida en un caos de cumbia y vendedores ambulantes,

putas, vagabundos, laburantes, travestis, 

dealers, policías, colectiveros, pibitos solos.

No sin cierta vanidad —porque ella también era vanidosa—,

recordó entonces a un chico en particular,

un chico que se cruzó una vez en el tren a Glew.

«Vos sos Janis, la del locutorio», le dijo él, y se le declaró.

Yo conocí a Janis, sí.

No importa demasiado en qué ciudad ni en qué circunstancias.

Sí estoy seguro de dos cosas: no fue en el Chelsea y no se llamaba Janis.

Pero lo entendí al chico aquel. 

Lo entendí perfectamente y lo envidié.


HOMBRE EN LA VENTANA

Un día, dentro de muchos años,
vendrás y te pararás en la librería
con rejas verdes de la rue Gay Lussac
y mirarás enfrente,
a las ventanas del tercer piso del 49
y le contarás a alguien,
o te contarás a vos misma
que ahí viviste llegada de Argentina y recién nacida.
“Era un dos ambientes chico, mi cuna estaba
entre las cortinas y la cómoda del cuarto de mis padres”.
Con tu índice señalarás las ventanas,
y alguien te preguntará,
o vos misma lo harás,
cómo fue que te trajeron hasta acá
si tan solo dos meses antes
salías de un hospital en Buenos Aires
una mañana de sol de marzo apenas fresca
para entrar en un dos ambientes también,
allá donde se rozan Palermo y Almagro.

No lo vas a ver,
no tendrías por qué hacerlo,
pero desde hace años
—desde hace todos estos años—
el hombre que fue tu padre está con un bebé en brazos
de pie detrás de la ventana del pequeño salón
y los dos miran hacia la librería abajo,
a la chica de pie en la puerta.
Son muchas las horas que te han mirado
mañanas enteras de verano,
y también cuando llegó
la brisa gris que anuncia el otoño boreal.
Con las cortinas blancas plegadas
los dos en silencio, el hombre de pie,
hasta hacerte dormir lentamente
con los ojos rojos aún de ese llanto tuyo.
No lo ves, pero una vez que te dejes ir
y descanses libre de pena en la habitación,
volverá a la ventana.
Volverá a mirar la librería y a esperarte,
a esperar el futuro.


LAUTRÉAMONT VUELVE

Habla sentado a la mesa de cara
a la cuesta de Villiers de L’Isle-Adam.
Lo había encontrado en una esquina lejana,
Corrientes y Rodríguez Peña,
una noche después del Círculo.
Tenía 19, 20 años.
La tapa roja de Pellegrini,
la primera lectura en el 12 hasta Constitución,
y después en el Roca hasta Temperley.
Las noches en la pieza. La novelita.

Ducasse, el endemoniado.
Al poco tiempo lo fue a buscar a París
al Faubourg Montmartre.
Todavía estaba la placa en la cour:
“¿Quién abre la puerta de mi cámara funeraria?
Había dicho que nadie entrase.
Sea quien sea, aléjese”.
Letras doradas gastadas con fondo negro.
Después siguió camino a Charleville.
Se creía rimbaldiano.

Pasaron unos años y volvió a estar
meses y meses enfrente de ese número 7.
Tendría que haber reconocido la voz.
Pero se habían perdido de vista.
O él se había perdido. Como su fe.
Tanto tiempo en los caminos polvorientos
del desencanto y el abandono.
Llegó a pensar que Maeterlinck tenía razón
y la belleza indecible de fulgores cegadores
eran ahora ilegible demencia voluntaria.

Se fue de París y regresó. Dos veces.
No sintió ninguna mano en el hombro.
Había vuelto del destierro del polvo, sí,
pero difícilmente diría que había vuelto a creer.
Alguien le entregó un libro de tapas verdes,
la primera Pléiade para un tipo de cincuenta.
Pensó en Maeterlinck; abrió la cámara.
Entonces, ahí, en la cuesta de Villiers,
estaba de pie el endemoniado
esperando bajo los focos pálidos de otro siglo.

Extraídos de Baladas de los Mares del Norte, Editorial Leviatán, Buenos Aires, 2023.

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